Konstantin Korovin, figura destacada del impresionismo ruso, plasmó la poesía de la vida moderna a través de vibrantes pinceladas y atmosféricos paisajes urbanos. Nacido en Moscú en 1861, Korovin estudió en la Escuela de Pintura, Escultura y Arquitectura de Moscú, donde recibió la influencia de la tradición realista rusa y de las corrientes emergentes del impresionismo europeo. Viajero y cosmopolita durante toda su vida, desarrolló un estilo único que mezclaba el lirismo ruso con la luz y la espontaneidad de la pintura francesa.
Atraído por el encanto de la vida nocturna urbana y los escenarios teatrales, Korovin pasó largas temporadas en París, donde pintó bulliciosos bulevares, cafés y nocturnos con trazos audaces y paletas luminosas. Sus obras destilan energía y capturan momentos fugaces, luces resplandecientes y la romántica melancolía del crepúsculo. Además de pintar, realizó importantes contribuciones a la escenografía de los teatros Mariinsky y Bolshoi, aportando la sensibilidad de un pintor al mundo de la ópera y el ballet. Hoy se recuerda a Korovin como un visionario que tendió puentes entre las tradiciones artísticas rusa y occidental, infundiendo al impresionismo profundidad emocional y alma eslava.